La Esposa y la bendición de ver a los hijos crecer

Los hijos son un regalo del Señor;
son una recompensa de su parte.

Salmo 127:3

A las que nos está llegando la hora de que uno de nuestros hijos se case y comience a hacer su vida fuera de nuestro hogar, podemos percibir intensamente lo valioso que ha sido cada día que pasamos junto a ellos. Las amanecidas, los dolores de cabeza y las preocupaciones palidecen ante las memorias de las risas compartidas, de las lindas frases memorables que tu niño o niña decía en sus años más tempranos, de los buenos momentos en el hogar o de vacaciones. Te das cuenta de que la vida es tan rica cuando disfrutas de tu familia, cuando le dedicas tiempo, cuando los miras a la cara y escuchas lo que quieren expresarte.

Los hijos son una bendición y criarlos es una aventura maravillosa. Como familia, hemos enfrentado tiempos muy buenos, tiempos buenos y temporadas no tan buenas. Agradezco a Dios por cada una de esas etapas porque siempre pudimos experimentar Su cuidado y provisión. Recuerdo que durante una de esas etapas no tan buenas, una hermana en la fe y mentora me recomendó que todos los días, a la hora de cenar, cada uno de nosotros expresara una bendición de Dios recibida ese día. Lo pusimos en práctica y fue algo que nos mantuvo enfocados en la bondad de Dios durante ese tiempo. Eso fomentó una actitud de gratitud en los corazones de nuestros hijos y en nosotros también.

Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios,
el cual da a todos abundantemente
y sin reproche, y le será dada.” –
Santiago 1:5

La realidad es que hay etapas en la crianza que representan retos fuertes para los padres. Por eso es importante y necesario que el matrimonio se mantenga unido. Necesitamos practicar la humildad para reconocer cuando necesitamos consejo. Tenemos que acudir continuamente a la Palabra de Dios, que es la que contiene la instrucción necesaria para cada etapa de la vida. Así es que el matrimonio podrá enfrentar los retos, en oración y en mutuo acuerdo para el bienestar de los hijos.

La dinámica de la relación va cambiando mientras los hijos crecen y necesitamos ir adaptando la forma en que los tratamos y nos comunicamos con ellos. Pero nunca debemos olvidar que Dios nos dio a los hijos, que siempre seremos mamá y papá. A los padres y las madres, Dios les ha otorgado una influencia incomparable en el corazón de los hijos y debemos procurar utilizarla para llevarlos a Cristo, para enseñarles Su camino y sembrar los valores eternos en ellos.

Puede que en algunos momentos experimentemos inseguridad sobre nuestro desempeño como padres. Puede que haya momentos en los que desesperemos porque ansiamos ver la cosecha, pero necesitamos seguir confiando en que en el tiempo designado por Dios veremos el fruto en las vidas de nuestros hijos. Qué bueno es saber que en Dios está nuestra esperanza, que nuestros hijos están en sus manos.

Porque como descienden de los cielos la lluvia y la nieve,
y no vuelven allá sino que riegan la tierra,
haciéndola producir y germinar,

dando semilla al sembrador y pan al que come,
así será mi palabra que sale de mi boca,

no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo,
y logrado el propósito para el cual la envié.” –
Isaías 55:10-11

En los próximos días, mi esposo y yo estaremos acompañando a nuestro hijo en su boda. Nuestra familia se hará más amplia y bendecida al integrar oficialmente a nuestra nuera. Es un tiempo especial y muy significativo para ellos y para nosotros como padres representa un peldaño al que hemos llegado con el favor de Dios.

La travesía de la crianza es una verdadera aventura, una aventura maravillosa. Cuando recibimos a los hijos desde el vientre como una bendición, eso nos impulsa a hacer lo que sea necesario para verlos crecer y desarrollarse de la manera que Dios ha designado. En el camino podremos cometer errores, tropezaremos y pecaremos, pero la seguridad de que la gracia de Dios cubre nuestra familia nos dará la fuerza para continuar. Siempre seremos mamá y papá, seguiremos orando, seguiremos sembrando, estaremos presentes en sus vidas, ofreceremos el consejo cuando sea necesario y el abrazo lleno de amor no faltará. Esa es la promesa que podemos hacer como padres, con la ayuda de Dios.

Esta etapa representa uno de los cambios que nos espera en el trayecto del matrimonio. A todas las que hemos criado hijos e hijas nos llegará. Nos corresponde rendirnos a Dios para que nos enseñe a relacionarnos con los hijos y sus cónyuges de manera sabia, amorosa y respetuosa. Recordemos que seguimos dando ejemplo. Procuremos que sea bueno para gloria de Dios.

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